¿Por qué hay tantas crisis en Argentina?
En los últimos sesenta años nuestra economía tuvo doce crisis macroeconómicas profundas, arrojando una frecuencia de una recesión cada cinco años. Si bien en algunos casos se contagió de shocks internacionales como en 1995, en 2009 o en la pandemia, la mayoría de las veces fueron idiosincráticas, por manipulaciones de la política monetaria o cambiaria que primero inflaron el consumo como los anabólicos de un fisicoculturista y luego, desembocaron en crisis de balanza de pagos, por escasez de divisas. Mantener el dólar barato es atractivo para los gobiernos, porque el salario real se mueve en sentido contrario al tipo de cambio real, lo que quiere decir que si logramos abaratar el dólar, los salarios suben y la gente consume más. En algunas circunstancias, como durante los 50, los 70, los 80, o los 2010, esa “plata dulce” de la apreciación cambiaria vino acompañada de congelamientos en tarifas de servicios públicos y otros precios de la economía, generando escasez primero y crisis después, cuando la corrección de precios relativos, incluido el dólar, le quita los anabólicos al consumo. Por ejemplo, entre 1946 y 1955, según Carlos Díaz Alejandro, el tipo de cambio real contra Estados Unidos cayó 36 % mientras que con relación a Inglaterra bajó 49 %. Esto quiere decir que la moneda local se apreció de manera espectacular generando un efecto de “plata dulce” que potenciaba la capacidad adquisitiva de los salarios. Es cierto que en los primeros años del gobierno de Perón los términos de intercambio argentinos fueron los mejores del siglo XX, lo que quiere decir que los productos que exportábamos valían mucho para el mundo, al tiempo que nuestras importaciones eran baratas. Con semejantes precios a favor, obviamente ingresaban muchas divisas y es lógico entonces que el peso se aprecie y las monedas extranjeras salgan más baratas; oferta y demanda. Pero luego de hacer pico en 1949 los términos de intercambio retrocedieron y el tipo de cambio debió haber subido para reflejar que la abundancia de divisas se había terminado. El peronismo fue en sus principios una hermenéutica de la abundancia, pero después tuvo que sostener el discurso cuando se aceleró la inflación y cayeron los precios internacionales. Lo hizo atrasando el tipo de cambio real, pero también congelando las tarifas de servicios públicos; según una investigación de Horacio Núñez Miñana y Alberto Porto, de la Universidad Nacional de La Plata, las tarifas de los combustibles se atrasaron 13 % con relación a la inflación general, mientras que las de la electricidad corrieron 46 % por detrás del promedio de los precios de la economía y con la estatización de los ferrocarriles, las tarifas del transporte urbano se derrumbaron 60 % en términos reales, siempre comparando 1955 con 1946.
Con el golpe de 1955 hubo fuertes devaluaciones, pero no fue sino hasta 1959 que se corrigieron todos los precios relativos y Argentina tuvo por primera vez en su historia 100 % de inflación y obviamente una gran recesión.
La historia se repitió en los 70; el tipo de cambio real acumuló tal atraso que, en junio de 1975, cuando asumió el Ministerio de Economía Celestino Rodrigo, el dólar pasó de 10 a 26 pesos, en una de las devaluaciones más grandes de la historia. Las tarifas de servicios públicos que se habían atrasado 29 % en combustibles, 42 % en electricidad y 22 % en ferrocarriles de pasajeros en los últimos dos años, fueron corregidas en una semana y la presión de los gremios que un par de meses atrás habían aceptado una paritaria de 36 % fue tan brutal que no se conformaron con el 80 % que les dio por decreto en junio la presidente María Estela Martínez de Perón. Los sindicatos pararon el país porque consideraban que el nivel del salario real alcanzado con el atraso cambiario y el anabólico de las tarifas congeladas debía mantenerse y el ministro perdió la pulseada política y renunció cincuenta días después de haber asumido. “El Rodrigazo”, como se conoce a esas siete semanas, fue una tragedia económica porque a pesar de la megadevaluación y el tarifazo no logró corregir el atraso de los precios relativos. Quemó el escaso capital político que tenía la heredera de la presidencia y aceleró la inflación porque todos los ajustes de junio rebotaron como aumentos de salarios en julio y agosto. El índice de precios al consumidor que había arrojado un 3,9 % de inflación en mayo, escaló al 21,1 % en junio y explotó al 34,7 % en julio, para volver a aumentar 22,3 % en agosto, acumulando 100 % de aumento en tres meses. Aunque hay muchos factores políticos que fueron relevantes, el 179 % de inflación del año, con una recesión del 2 % en la actividad económica y un derrumbe de la inversión del 14 % fueron determinantes en la caída del gobierno y el ascenso de la dictadura al poder.
A principios de los 80 otra vez se acumuló un fuerte atraso cambiario porque el equipo económico que lideraba José Alfredo Martínez de Hoz había establecido un régimen de crawling peg para bajar la inflación, más conocido como “la tablita”, porque en efecto presentaba una tabla de aumentos mensuales del dólar que empezaban en 5,2 % en diciembre de 1978, reduciéndose gradualmente hasta llegar al 3,7 % en agosto del 79. Sin embargo, aunque la inflación bajaba mes a mes, resultó ser el doble que los aumentos programados del dólar y como el sistema siguió funcionando durante 1980 acumuló un atraso del 32 % en el tipo de cambio real en esos dos años. A fines de marzo de 1981 hubo un cambio presidencial en Argentina y Lorenzo Sigaut reemplazó a Martínez de Hoz al frente de la cartera de Economía. En medio de cuantiosas pérdidas de reservas y fuertes presiones devaluatorias el flamante ministro pronunció una frase que quedaría en la historia; dijo: “El que apuesta al dólar pierde” y la semana siguiente anunció una fuerte devaluación que hizo subir el billete americano 30 %, acelerando la inflación, que trepó al 7,1 % en marzo y al 9,2 % en abril. Obviamente ese año la economía entró en recesión y la actividad se derrumbó 5,2 %.
A fines de los 80 la economía tuvo una de sus caídas más espectaculares. El Plan Austral de 1985, según las memorias del BCRA, había logrado bajar la inflación del 30 % mensual al 2 % en tres meses, con un enfoque heterodoxo que combinaba un ajuste fiscal clásico con un apretón monetario, una serie de congelamientos de precios y un desagio de los contratos (sacándoles la inflación que habían anticipado). El ajuste fiscal había hecho caer los salarios reales del sector público 18 % y había derrumbado el déficit fiscal desde el 8 % del PBI en el primer trimestre del 85, hasta solo 2,4 % en el último trimestre del año; un gran resultado teniendo en cuenta que en 1983 el rojo de las cuentas públicas había sido del 11,2 % del PBI. El plan había logrado cambiar las expectativas de los agentes económicos que estaban acostumbrados a negociaciones salariales y aumentos mensuales de dos dígitos, pero que debieron resistir el ajuste y adaptarse a aumentos del orden del 2 % mensual. Sin embargo, las presiones gremiales eran intensas y al presidente Raúl Alfonsín le preocupaba consolidar la democracia, por lo que era particularmente sensible a los reclamos de los sectores militares que aún conservaban capacidad de alterar el orden institucional. En enero de 1986 Alfonsín firma el decreto 117 creando una asignación general por dedicación exclusiva, que en la práctica implicaba un aumento de salarios del 25 % para la mayoría de los militares. Aunque el ministro de Economía se oponía a ese suplemento, el presidente lo convenció de que el déficit no estaría en riesgo porque no se trataba de tantos cargos. Pero un incremento de esa magnitud en medio del congelamiento general de salarios del Estado y de la fuerte caída del poder adquisitivo de los empleados públicos puso en pie de guerra al partido radical, que le exigió al presidente un aumento similar para los docentes. En febrero la presión surtió efecto y Alfonsín firmó el Decreto 163 estableciendo un “adicional por dedicación a la docencia” que llegaba al 44 % para maestros de grado.
No sorprende entonces que el déficit que había caído fuertemente hacia el cuarto trimestre del 85 casi se duplicara llegando al 3,6 % del PBI en 1986. En 1987 se repitió nuevamente la historia populista de congelamientos de tarifas que cayeron 8 % en términos reales, para compensar la aceleración de la inflación que prácticamente se duplicó en ese año llegando al 174 %. Usar las tarifas como ancla inflacionaria es pan para hoy y hambre para mañana, primero porque crece el déficit fiscal pero segundo porque colapsa la infraestructura y el país se queda sin energía y sin transporte. Durante 1988 hubo un intento de recalibrar el Plan Austral, que se denominó Plan Primavera y que tuvo una suerte proporcional al apoyo político que tenía un presidente que había gastado todo su capital en consolidar la democracia. Hacia 1989 la perspectiva de un nuevo gobierno que planteaba salariazos y reestructuración de deuda cerró por completo el acceso de Argentina a los mercados de capitales. Sin apoyo político para un nuevo ajuste, la única fuente de financiamiento de un déficit creciente pasó a ser la emisión monetaria y luego de perder las elecciones presidenciales en mayo de 1989 se aceleró la salida de depósitos, hundiéndose la demanda de dinero y produciéndose una hiperinflación que obviamente hizo caer la actividad económica un 6,2 % con la inversión hundiéndose 24,4 %.
Argentina inició en 1991 un régimen de convertibilidad que en esencia funciona como una caja de conversión que determina que la política monetaria dependa del ingreso de capitales. Bajo ese esquema el Banco Central solo puede emitir contra dólares de reservas, de modo que si crecen las reservas aumenta la base monetaria, cayendo las tasas de interés y viceversa. El sistema fue muy efectivo en terminar con la inflación y estabilizar la economía, produciendo tasas chinas de crecimiento en los cuatro primeros años, pero a fines de 1994 estalló una crisis financiera en México, causada por una escalada de conflictos sociales en la región de Chiapas, insurrecciones y asesinatos políticos que dispararon una salida de capitales que fue mal manejada por el gobierno y acabó en un default de su deuda.
El “efecto tequila” contagió a todos los mercados emergentes que sufrieron salida de capitales, pero en Argentina ese “vuelo a calidad” de los inversores afectó más a la economía por la estructura del régimen de convertibilidad, que no permitió que el tipo de cambio ajuste la escasez de divisas que provocaba la salida de capitales, moderando su impacto en la actividad. El resultado fue una tremenda recesión que hizo caer el PBI un 4,4 %.
Sin embargo, la falta del amortiguador del tipo de cambio generó la crisis más importante de la historia cuando se combinó con la salida populista, a fines del siglo XX. En enero del 99 nuestro principal socio comercial devaluó su moneda y el dólar en Brasil pasó de 1 real a 1,80. En condiciones normales el peso argentino se hubiera devaluado para absorber el impacto, pero la ley de convertibilidad lo impedía y nuestra moneda quedó comparativamente cara. El Mercosur funciona como un mercado común que permite la movilidad de factores productivos dentro de la zona y con el real devaluado y la imposibilidad legal del peso para corregir su paridad, muchas empresas que estaban localizadas en Argentina se mudaron a Brasil para aprovechar los menores costos. La salida de capitales profundizó la recesión y el riesgo país pasó de 700 puntos a 5.400 tornando inviable a la convertibilidad, que fue abandonada en enero del 2002, en medio de una profunda devaluación y una pesificación asimétrica de los contratos. Los cinco presidentes que tuvo Argentina en los diez días finales, hasta que abandonó la convertibilidad a principios del 2002, le dieron un condimento de incertidumbre radical a una crisis que en rigor se había generado por el derrumbe en la tasa de ganancia de los productores de bienes transables acelerada por la devaluación del real. La megadevaluación del 2002 restableció los márgenes de ganancia de los productores al tiempo que licuaba los salarios y las jubilaciones en términos reales, recomponiendo las cuentas públicas a la vez. Argentina recuperó traumáticamente los superávits gemelos (fiscal y externo), volviendo al crecimiento en octubre del 2002.
En 2009 el país se contagió de la crisis financiera internacional, pero la economía había sufrido antes un conflicto innecesario entre el gobierno y los productores agropecuarios en torno al establecimiento de un nuevo esquema de impuestos a las exportaciones que resultaba confiscatorio en el margen. La confianza se derrumbó y el kirchnerismo perdió las elecciones de medio término de ese año. Asustada, Cristina Fernández atrasó el tipo de cambio real 53 % en los dos años siguientes y congeló las tarifas de los servicios públicos generando un proceso de plata dulce incluso más marcado que el del primer peronismo y Martínez de Hoz combinados. La fórmula arrojó los conocidos resultados electorales, pero a pesar de que los términos de intercambio hicieron pico en 2012, ayudando a disimular el atraso, las cantidades exportadas cayeron 18 % en el segundo gobierno de Cristina, mientras que las cantidades importadas volaban y se multiplicaban por cinco respecto del inicio del ciclo en el 2002. Con los precios relativos completamente distorsionados, Argentina dejó de crecer y se estancó; la economía fluctúa desde entonces coqueteando una y otra vez con los máximos de actividad anabolizada del 2011.
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